Si quieres que tu hijo comparta, no lo obligues.

Imagina que acompañas a tu hijo al parque y te sientas en el banco a leer un libro, mientras tu hijo se tira por el tobogán. A los diez minutos llega su amigo con su madre y esta se sienta a tu lado. Entonces se te acerca tu hijo y en voz alta te dice:” Anda mamá, déjale tu libro a la madre de Pablo, que hoy no ha traído nada para entretenerse” y te lo quita de las manos y se lo da.

¿Cómo reaccionarías? o mejor ¿Cómo te gustaría reaccionar?

Esta situación la generamos continuamente los padres y las madres en el parque. Recuerdo una tarde, cuando  un niño de 3 años llegó sobre un tractor con motor y un remolque. El niño estaba feliz, radiante. Tenía un sitio mucho mayor que el pasillo de su casa donde podía caminar mucho con su tractor y dos minutos después de pisar el parque, su padre le dice al ver a mi hija (y a mí) como lo mirábamos: “Venga Carlos, bájate del tractor y deja a la niña subir, que se está desconsolando”. Como era de esperar, el niño montó en cólera, se puso de pie, dio golpes y comenzó a llorar desesperadamente. La abuela del niño entró en escena y dijo: ” Carlos, no te preocupes. La niña va detrás, en el remolque” e invita a mi hija a que se siente. Carlos se calma y mi hija se sube.

Yo me pregunto: ¿de verdad era necesario?

  1. Mi hija no esperaba nada. Estaba disfrutando viendo al niño jugar. Y aunque se hubiese desconsolado, no hubiese pasado nada.
  2. Creo que el sentimiento de Carlos cuando mi hija se sentó detrás se parecía más a la resignación que a la generosidad.

Y entonces, ¿esto es enseñar a compartir, aunque fuese la intención de este padre?

De este compartir quiero hablar hoy.

Ser generoso se aprende. Hay que aprovechar cualquier ocasión para trabajar este tipo de gestos y no solo en el parque con cuasi extraños, sino en casa: ¿te apetece un poco de mi tostada?, ¿me prestas tu lápiz? , Mami te presta sus calcetines…

Cuando un niño no quiere prestar algo, hay que respetarlo, y no atacarlo. Eso no mejora la situación.Si es mayorcito y ves que le cuesta mucho:

  • Analiza cómo lo tratais. Si ya tiene la etiqueta o no. Solemos comportarnos como se espera de nosotros. Dale un voto de confianza y dile:  “Cuando estés preparado, seguramente compartirás. No voy a obligarte”.
  • Observad vuestras dinámicas: si todos os aferráis con vehemencia a vuestras cosas y no circula nada o bastante poco entre vosotros.
  • Habladle de las ventajas que tiene ser generoso  frente a las desventajas: más amigos, disfrutar de muchas cosas que no se tiene o por el contrario verse aislado o atacado por tu grupo de iguales.
  • Respetadle siempre y valorad cualquier gesto: no solo se comparte lo material, también lo es una sonrisa, que te ayude sacando los platos del lavavajillas…cualquier gesto debe ser reconocido y agradecido.
  • Entre hermanos, tened juegos que sean exclusivamente de los dos. Si se pelean mucho por algún juguete, requísalo y pídeles que lleguen a un acuerdo y que te avisen para devolvérselo.
  • No es necesario que quieran compartirlo todo. Pueden tener algunas cosas de uso exclusivamente personal, como tú el pc o el móvil.
  • Y por último, hay que aceptar que no todo el mundo es igual de generoso y deben experimentar  sus propias consecuencias.

Pedir a un niño menor de tres años que comparta, es casi ir en contra de su desarrollo evolutivo. No están aún preparados. Los solemos obligar porque creemos que es lo que se espera de ellos y sobretodo de nosotros.

Y ahora en otro sentido, os cuento otras anécdotas que me ayudan a explicar la importancia de respetar lo ajeno, para que respeten lo mío, como base del compartir.

– Mi hija lleva pocas cosas al parque pero una vez, llevó una bici de esas que yo tengo que empujar. Al rato se cansó y se fue al columpio y la bici se quedó a unos seis metros de nosotras. Mientras se columpiaba, una niña de tres años se acercó y se sentó sobre su bici. Su madre se acercó más tarde, mirando hacia los lados y sonriendo con su hija sin ánimo de bajarla. Cuando mi  hija la vio, se acabó el columpio. Fue directa a la bici. La señora se disculpó y nos fuimos. A  mi modo de verlo, creo que la señora desaprovechó una oportunidad estupenda de enseñarle a su hija lo que es la propiedad ajena y cómo hay que actuar. Mi hija cuando quiere algo que no es de ella, yo le pregunto: “¿Esta pelota es tuya?”, responde: “No.” Y contesto: “Pues  si quieres jugar con ella, deberías pedir permiso  a su dueño. Si quieres te ayudo a buscarlo.” También ha aprendido  que cuando las cosas no son de ella, hay que pedirlas, pero si no se las quieren prestar, debe aguantarse. Del mismo modo, no la obligo a que comparta. Si me preguntan a mi, yo siempre respondo: “Pregúntale  mejor a ella”, y asumo su respuesta. A veces es sí y otras es no.

Y por último, otra anécdota , que para mi gusto refleja lo que ocurre cuando los niños como en el ejemplo anterior, están acostumbrados a coger todo sin permiso.

– Estoy esperando mi turno en una librería llena de gente. Mi hija lleva en la mano un teléfono de plástico, al lado juegan dos hermanos, de unos 7 y 5 años acompañados por sus padres. Al rato, el mayor se acerca a mi hija y le quita directamente de las manos el teléfono, sin decir ninguna palabra. Yo debido a la diferencia de edad y tamaño (mi hija aún no había cumplido los dos años) le quito tranquilamente el teléfono al niño (el cual puso bastante resistencia) y le digo: “Si quieres jugar con el teléfono de ella, debes pedírselo prestado pero no quitárselo.” El niño no dice nada pero sonríe algo irónico. Su padre responde: “No te lo va a pedir nunca.”

Se repitió una vez más y volví a actuar de la misma manera. Nunca oí hablar al niño pero tampoco a ninguno de sus padres.

Así que para concluir, utilicemos el sentido común. Compartir se aprende. No esperemos que nuestros hijos lo quieran hacer de forma espontánea desde que nacen porque lo más probable es que no sea así. Genera un entorno donde se comparta y también se respete la propiedad privada de todos (factor importante que se olvida al intentar inculcar que un niño sea generoso). Enséñale el respeto hacia las cosas de los demás y sobretodo no lo critiques a él, ni le etiquetes, ni le chantajees. Es su conducta la que te gustaría que cambiase así que díselo así, pero no por la fuerza. Y acepta que el grado de generosidad puede ser diferente a lo que te gustaría.

Este es el camino para que tus hijos aprendan a compartir de corazón. Si les obligas, puedes crear el efecto contrario y no podrán disfrutar del placer que genera hacerlo por sí mismo.

Y ahora volvamos al principio: ¿Vas a prestarle el libro a la madre de Carlos?

Un abrazo grande.

Doris

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