No quiero que mi hija haga lo que yo quiero.

Normalmente lo que queremos  es justo lo contrario porque nos vendría  mejor, pero la realidad es que no es muy buena idea. Si mi hija hace todo lo que yo le digo y se pone todo lo que a mi me gusta y se come todo lo que yo le hago, sería una hija muy fácil de llevar pero ¿quiero una hija sumisa? ¿quiero una hija que no sepa qué le gusta y lo qué no para comer? ¿quiero una hija que no sepa desarrollar gustos propios a la hora de vestir?

Esto es lo que me ha ocurrido en los últimos meses con mi hija. No le gustan los pantalones, ni siquiera los leggins (prenda estrella en su cajonera hasta hace dos años). Ahora solo quiere vestidos, leotardos y zapatos. Nada de botas y el chandal y las zapatillas solo el día que toca psicomotricidad.

En un primer momento di por hecho que cambiaría de opinión. Solo debía explicarle las bondades de los pantalones y asunto resuelto. Pero no fue así. Así que comencé a intentar convencerla de que no era buena idea, que el vestido de Nochebuena no es para el colegio o que los zapatos (los únicos que tiene para salir) son para ocasiones especiales.  Pero no se doblegó.

Y por último, ya directamente  enfadaba (si, yo también me enfado)  le decía que no estaba conforme aunque no iba a obligarla. Pero las dos nos quedábamos mal.

Toda esta situación, que a priori puede resultar una tontería, os la cuento porque a mi juicio y con perspectiva ahora para mis talleres, he podido sacar las siguientes conclusiones:

  • Entre mi hija y yo se había iniciado una lucha de poderes por la ropa. De repente me imaginé qué pasaría cuando tuviese doce o quince años.
  • Yo intentaba obligarla a que cambiara de opinión. Algo totalmente opuesto a lo que realmente quiero de ella. Que tenga sus propias opiniones.
  • Nuestra relación se volvió más tensa. Ella rechazaba una y otra vez cualquier cosa que yo le pidiera. Me castigaba porque estaba enfadada conmigo.
  • En el fondo, se trataba de imponer mi autoridad, porque para su desarrollo como persona, ir con una ropa u otra no iba a condicionar su futuro,
  •  En cambio, la relación que se estaba gestando entre nosotras, sí iba a condicionar nuestras vidas . Y esto sí que no merecía la pena.

Entonces ¿sabéis cómo me di cuenta de lo que estaba ocurriendo? Cuando mi hija me dijo que siempre me enfadaba con ella porque no se ponía la ropa que me gustaba a mí. Y se me desencajó la mandíbula. Una niña de tres años me ponía en mi sitio y tenía toda la razón. Yo en mi papel de adulta responsable estaba convencida de la ropa y el peinado que ella necesitaba.

Cuando fui consciente de que mi hija tenía unas necesidades y yo no le permitía cubrirlas , cambié. Y entonces puse en práctica lo que sé de disciplina positiva que a veces se esfuma cuando las emociones están de por medio:

“Preciosa, no me había dado cuenta de lo importante que es para ti elegir tu ropa.(validas sentimientos) .Así que por mi parte, no vamos a discutir más por este tema.(Decido lo que voy a hacer yo) .Cada tarde elegirás la ropa del día siguiente. Y si me preguntas te diré lo que yo me pondría pero no voy a prohibirte (ni enfadarme)  que te pongas lo que quieras tú“. Lo mismo ha ocurrido con su peinado. Yo me empeñaba en que debía llevarlo recogido para evitar los piojos, pero ella siempre lo quiere suelto. -¿Encontramos un peinado que nos valga a las dos?  – le dije. Ahora se pone una diadema o una pinza.

A partir de ahí, la tensión con mi hija se esfumó, yo no me enfado y nos llevamos de maravilla. Aunque me siga sin gustar lo que se ponga.

Es muy probable que alguno este pensando si no le estoy dando demasiado poder a mi hija con 3 años. En mi opinión, que tenga poder es necesario. Porque todos necesitamos sentirnos libres para ciertas cosas pero teniendo en cuenta que mi hija tiene la edad que tiene, ese poder no es tanto como imagináis. Ella decide lo que se pone, pero en el armario el filtro lo he pasado yo. Los vestidos que tiene en el armario ahora son solo de diario y acordes a la época del año y hemos llegado a un acuerdo de que los vestidos de purpurina serán solo para el fin de semana. Ella se ha abierto a negociar desde que le permito tomar algunas decisiones. Sin libertad, no hay ganas de negociar.

Y ¿hasta cuándo durará este pacto? Hasta que se me ocurra entrometerme de más en sus cosas, intente convencerle y viendo su reacción me dé cuenta de que lo he vuelto a hacer.

PD: Me sigue sin gustar muchas veces cómo va vestida mi hija al colegio, pero me siento inmensamente orgullosa al saber que lo ha decidido ella, y  no se me ocurre mejor entrenamiento para los años venideros.

Un abrazo,

Doris.

PD: Ya sabéis.  Como siempre, os animo a escribirme vuestra opinión y a compartirlo si creéis que le puede venir bien a a alguien.

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