La inmensidad de validar sentimientos.

Ayer acompañé a una amiga al médico para poder quedarme con su hijo de 3 años mientras la atendían. No quería que entrara su hijo porque se encuentra mal de ánimos y no quería que su hijo la oyera.

El caso es que cuando entró mi amiga a la consulta, el niño que se había encontrado a una amiguita no se dio cuenta de que su madre había entrado y  cuando lo hizo, comenzó una literal  batalla campal para poder entrar en la consulta con su madre. La cuestión que trataba mi amiga era muy delicada y necesitaba intimidad ,así que yo por todos los medios tenía que impedir que el niño entrara en la consulta.

Yo enseguida pensé que teníamos que haber advertido al niño, decirle lo que iba a pasar e ir preparándolo, pero la verdad es que nos saltamos ese paso. El niño estaba tan entretenido con su amiguita que nos ignoró casi desde el principio por lo que nos confiamos demasiado.

La situación fue bastante tensa. Tuve que mantener agarrado al niño todo el tiempo, impedirle fisicamente que  golpeara la puerta, que dejara de pegarme … Si la situación de mi amiga no la conociera hubiese tocado en la puerta tranquilamente y hubiese dicho: tu hijo quiere estar contigo.  Pero sabiendo lo que sé, tenía que aguantar y hacer todo lo posible para que mi amiga pudiese terminar su consulta.

Cuento todo esto para comentaros una cosa que me sirvió para calmar al niño, porque solo esto fue la que aplacó los ánimos. Validar sus sentimientos. Hasta entonces, no supe encauzar la situación. El niño lloró y mostró mucha resistencia a quedarse fuera casi desde el principio y a pesar de que en ese estado no se puede hacer entrar en razón a ninguna persona, era solo lo que me salía. Eso y que se calmara. Dos cosas que ahora en frío sé que no sirven de nada.

Y fue entonces, en un segundo intento de quedarse el niño  conmigo (porque llegó a entrar unos minutos en la consulta) cuando lo abracé mientras lloraba y me lo llevé a la calle a coger aire mientras me decía: “Quiero que mi madre salga ” y yo respondí “Lo sé, precioso. Yo también” mientras le acariciaba la cabeza y lo besaba.Y se lo repetí varias veces pero sin añadir nada más.   Esta vez, no quise convencerle de que entrara en razón, ni que se calmara. Solo que supiera que lo entendía, que sabía lo que quería pero que debía esperar. Y sin más, se fue calmando y fuimos a comprar agua y una golosina.

Después, al regreso al centro de salud, volvió a insistir pero esta vez con menos insistencia . Lo volví a coger en brazos, me alejé de la puerta de la consulta y me senté lejos pero desde donde veíamos la puerta y le dije: Ahora vamos a esperar aquí a que salga tu madre. ¿Sabes contar? Uno, dos, tres…

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