Comencemos por nosotros dando ejemplo.

Hace unos días vi este anuncio  de Divina Pastora Seguros  y su campaña “La otra economía”  que me emocionó. En el se mostraba la importancia de educar a los niños en el amor y la repercusión que tiene en sus vidas   adultas . Para ellos mismos y para la sociedad en la que viven y trabajan.

Hoy lo rescato porque ha traído   a mi cabeza una anécdota que me ocurrió en el colegio de mi hija y que creo que tiene mucho que ver con esto.

Hace unos días, mientras esperaba que mi hija saliera de clase vi pasar a los niños que iban al comedor.  El caso es que a un niño de 3 años se le cayó un paquetito de galletas. Imagino que le habrían sobrado del recreo. El niño iba saltando, agarrando con una mano la manga de una sudadera que iba haciéndola girar al compás de sus saltos. Y en uno de estos salió disparado el paquete de galletas. Ni el niño, ni sus compañeros, ni los auxiliares que les dirigían en la fila se percataron. Pero varios padres , madres y abuelos que estábamos allí sí. Entonces comenzamos a balbucear todos (muy bajito) que al niño se le había caído una cosa, señalando al suelo y buscando a alguien responsable que se hiciera cargo. Yo lo recuerdo a cámara lenta. Dije en alto: ¡Ay, al niño se le ha caído una cosa! y busqué con la mirada al monitor para decírselo, pero no me vio. Mientras otra madre, con más aspavientos  buscó de nuevo al monitor sin éxito y entonces tres segundos después, todos volvimos a nuestra quietud. Sin movernos de nuestra baldosa. A esperar a nuestros hijos mientras el paquete de galletas continuaba en el suelo y ya había recibido alguna que otra patada de los niños que seguían saliendo. A lo mejor estáis pensando que podría ser comprensible porque habría una gran multitud de niños corriendo por todas partes, pero lo cierto es que no. El cole de mi hija es muy grande. Hay espacio de sobra. Y por fuera del módulo de infantil hay una cuadrilátero gigantesco con una marca amarilla que los padres no podemos traspasar. Mientras esperábamos a nuestros hijos, las galletas estaban en medio del cuadrilátero, a tres metros de mi y de muchos otros padres y ninguno nos movimos…

Yo no podía estar más enfadada conmigo. Por qué no me había movido, pensé. Por vergüenza y comodidad. Y el resto me imaginé que también . Y luego pensé. Claro, si no lo hacemos nosotros, cuanto menos podremos pedirle a un niño que se solidarice con los otros.

En una milésima de segundo pensé en mi hija. Y en que hubiese podido ser ella a quien se le hubiesen caído las galletas y que varios adultos lo habrían visto pero nadie se hubiera molestado en avisarla. Y me enfadé conmigo. Me adelanté, cogí las galletas, busqué a un monitor del comedor, y le describí al niño que se le habían caído: un niño de tres años, pelo rizado, con gafitas… El monitor, que tuvo que notar mi cara de angustia, me miró con cara de lo intentaré y se marchó corriendo con una nueva fila de niños hambrientos.

Para rematar el día, justo a la salida del colegio ya con mi hija, al hijo de una chica que iba delante de mi unos metros, se le cayó un jersey. El jersey se quedó en el suelo, se abrió el pasillo de gente y mientras el jersey permanecía en el suelo, la gente lo esquivaba (como si fuera un excremento gigante) de la mano de sus hijos. La chica vivía al lado del colegio y mientras abría la puerta, le grité y le dije: oye se te ha caído el jersey. Me miro, lo miró en el suelo y dijo: No, no es mío. Y siguió abriendo la puerta del portal. Yo lo cogí y mientras me disponía a dejarlo en la ventana de una comercio veo que la chica recrimina a su hijo porque este le está contando que es el suyo y que se le ha caído. La chica malhumorada envió a su hijo a recogerlo de donde lo había puesto. Sin más.

Esto nos puede parecer una tontería pero creo que estos detalles nos están dando mucha información sobre el grado de deshumanización que estamos viviendo. Pasamos de todo y nuestros hijos lo ven. Y luego les pedimos teóricamente (claro), que ayuden al compañero, que devuelvan la goma del pelo que no es suya y ha aparecido por arte de magia en el bolsillo del babi o que si se meten con un compañero, no miren para otro lado, lo apoyen y marginen al “matón”.

¡Si nosotros no somos tampoco capaces de hacerlo!

Yo lo he hecho igual de mal, pero ya no. O al menos voy a intentarlo. Me prometí que aunque me de vergüenza o me venga mal, no dejaré pasar las cosas. Actuaré como creo que deberíamos actuar todos e intentaré inculcárselo a mi hija. Porque no puedo pretender que mi hija se convierta en una ser solidario si no lo practica desde ya y ve el ejemplo en casa. Pensar en los demás y no solo en nosotros nos hará sentir parte de la comunidad (necesidad primaria del ser humano que rige el comportamiento, según Rudolf Dreikurs, teórico de los pilares de la Disciplina Positiva) . Y por consiguiente, más plenos y seguros para conseguir en la vida lo que queramos.

Esa misma tarde le conté a mi hija lo que había ocurrido en el patio de su colegio. Fui sincera y le dije cómo me comporté al principio, cómo me sentía al no hacer nada y cómo después, al coger las galletas y al hablar con el monitor, me sentí mucho mejor por dentro. A ella le gustó tanto la historia que me la pidió varias veces esa tarde: “Mami, cuéntame otra vez lo del niño al que se le cayeron las galletas “

 Y creo que el mensaje caló.

Si todos ponemos un poquito, mucho mejor.  Así que os dejo de nuevo  el spot  a ver que os inspira. ¡Es muy emotivo!

 Y si queréis más información sobre cómo participar en La otra economía os dejo este link:

www.laotraeconomia.com