Cómo acompañar a tu hijo en sus primeros días de colegio.

Estamos a finales de agosto y en apenas dos semanas muchos padres se verán con sus hijos en la puerta del colegio, con el pecho encogido y temiendo lo peor: que su hijo no quiera entrar, se ponga a llorar e intente como sea que no te vayas. Yo esto  lo viví el año pasado. No sé cómo irá este año aunque mi hija  dice que tienes ganas de ver a su señorita. Ella lloró el primer día. No se soltaba de la manita y tuve que guiarla y dejarla en la clase sin querer hacerlo. El segundo día, lloró algo menos y puso menos resistencia al entrar .  Y al tercero, no lloró y entró por si misma al aula con resignación. Al menos esta parte parecía resuelta, aunque ahora quedaba la verdadera adaptación. La de cada día, la de que encaje con el sistema que tienen, etc… Pero esto es otra historia.

A mi personalmente me hubiese gustado más otro tipo de centro escolar. No tengo nada en contra de este. Solo que es estándar en cuanto a la organización y metodología que utilizan y yo soy más partidaria de otras metodologías. Pero donde vivo no hay alternativas y este centro fue el que más me gustó.Así que apechugando con la decisión, sabía que no iba a poder acompañar a mi hija hasta la clase, que no podría estar presente durante un rato y que me tendría que aguantar las ganas de llevármela a casa. Dicho esto, os cuento qué tuve en cuenta y qué cosas hice con mi hija para que la adaptación dentro de las limitaciones que tenía creo que hicieron que el proceso fuese rápido y con pocas resistencias:

  • Cinco meses antes, mi hija estuvo presente en la visita que hicimos a diferentes centros escolares. Incluido este en el que está matriculada actualmente. Yo  le había dicho  que “después del verano, comenzarás el colegio. Es un sitio donde van los niños más grandes, como los primos. Papá y yo también fuimos de pequeños. Todos los niños tienen que ir para aprender ” Si esto no lo habéis hecho, podéis pasar varias veces por delante del centro escolar antes de que empiece el colegio para que  le resulte más familiar.
  • Cada día, desde el mes de mayo aproximadamente le contaba anécdotas que me habían ocurrido en el colegio. No para convencerla sino con la intención de que le resultaran cercanas las imágenes que iba a ver o lo que iba a sentir. Un día le hablaba del nombre de mis señoritas, otros días de cómo era mi clase, de mis compañeras… Aprovecha las comidas o los viajes en el coche para hacerlo. Aún te quedan días por delante.
  • Cuando ella respondía, que no quería ir, yo le respondía de esta manera: “Ya me imagino. Con lo bien que te lo pasas en casa” (Mi hija solo fue un año a la guardería y dejó de ir porque siempre estaba con antibióticos, pero nunca le gustó. Siempre lloraba y su cambio fue radical cuando la dejamos en casa: siempre sonriendo y feliz). Esta experiencia previa, hizo que pensáramos que era necesario ir metalizándola con mucho tiempo de antelación. Otras de las frases que utilizaba era: “Ya lo sé. Siempre cuesta ir a sitios nuevos por primera vez. A mi también me pasa.” Y no justificaba, ni añadía nada más… Solo permitía el desahogo.
  • Preparamos con ilusión el material. Estuvo presente en la compra de todas las cosas y las ojeamos en casa, aunque pronto dejó de prestarles atención .Sabía que el momento se acercaba y no le hacía gracia la idea.
  • Eligió la ropa que llevaría en su primer día  y todos los días siguientes. Ya os lo conté en el artículo No quiero que mi hija haga lo que yo quiero).
  • Normalizamos la situación en casa e intentamos no mostrar nuestros temores. Yo sentía una mezcla de temor y de ilusión por parte iguales pero su padre debía disimular algo más.
  • Cuando mostraba temor, animábamos y mostrábamos nuestra confianza de que ella, a pesar del miedo, lo lograría.

Y llegó el día. Y todo esto es cierto que no impidió que mi hija llorara y se  resistiera a entrar en el aula, (algo que yo cambiaría drásticamente en los centros  si estuviese de mi mano). Pero también es verdad que lo asimiló muy rápido.  De todos modos tuve claro que solo porque no llorase  habría superado el periodo de adaptación . Esto solo significaba que mi hija había dejado de llorar  seguramente por resignación. Así que yo seguía muy pendiente de cómo volvía a casa.  Cómo era su estado de ánimo, cómo comía, dormía o si me contaba algo (muy poco por cierto) . Consideraba que todo eso era más fidedigno a la hora de evaluar si se estaba adaptando bien o no. Y nuestras conclusiones, a pesar de que las primeras semanas  el sueño y muchas otras cosas seguían alteradas, fueron que lo había logrado. Mi hija se levantaba con ganas de ir al colegio y se mostraba tranquila y relajada.

Sé que hay muchos artículos sobre este tema y te recomiendo que los leas si necesitas ganar confianza. Pero si me preguntas cómo puedes hacer para que esto suceda de la manera más positiva , y el centro en cuestión no ayuda, es fundamental que nosotros estemos confiados y convencidos de que se trata de una experiencia más que superarán. Que sepamos que es un proceso, que los miedos a lo que desconocemos son normales y respetables y no motivo de regañinas y que debemos animar y acompañar para que ellos se crezcan superando sus propios miedos. No te olvides  de felicitarle cada día  por su esfuerzo y su valentía aunque haya llorado. El llanto es solo una manera de expresar que no está conforme y tiene todo el derecho del mundo a utilizarlo, sin ser amonestado o ridiculizado.

Esta al menos ha sido mi experiencia ¿Y tú ya lo has vivido?  ¿Estás a punto de hacerlo?

Cuéntame si te apetece qué hiciste  y cómo te fue. Escuchar a otras familias que han pasado por lo mismo, suele ser de gran ayuda a las familias que están a punto de vivirlo.

Un abrazo,

Doris.

 

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