Aprender a educar no es una moda, sino una necesidad.

Este fin de semana he aprendido tanto… Estuve en el Primer Encuentro de Facilitadores de Disciplina Positiva en España, en Madrid y puedo decir que sigo  más enamorada de la disciplina positiva si cabe por ser consciente del poder que tenemos entre manos a la hora de educar a un niño. Niños sanos emocionalmente garantizan adultos que también lo estén, por lo tanto la sociedad cambiaría a mejor: desde los dirigentes del país hasta el individuo con la ocupación más sencilla.

La Disciplina Positiva no hace más que recuperar el sentido común a la hora de educar, tratando al niño como la persona que es desde el minuto cero. Con respeto. Como tratas a tu padre, a tu pareja o al vecino de enfrente.

Tu hijo necesita que abandones la violencia, las faltas de respeto, tu posición de superioridad. Debes ser su guía, acompañándole en el camino, enseñándole a cómo debe enfrentarse a los errores, potenciando su talento y sus cualidades e instruyéndole en valores.

Seguramente esto es lo que deseabas antes de ser padre o madre, pero cuando te encuentras ante esta realidad, nos desborda el cansancio, el estrés, el enfado y dejamos de pensar correctamente. Pero sobretodo es que solo conoces una forma de educar. La que has vivido desde casa, la que está instaurada culturalmente.

Lo que me queda muy claro tras este encuentro, es que  no solo se ha avanzado en la ciencia. También en este campo, el de la educación y crianza, hay novedades y si las conocemos podríamos mejorar su calidad. Os pongo  algunos  ejemplos:

  • Se sabe que los castigos y los premios no funcionan a largo plazo porque solo modifican conductas de forma puntual en el mismo momento,  enseñando a tu hijo a moverse solo por interés: o para protegerse o para ganar algo, no porque integre por aprendizaje la necesidad de hacer las cosas bien. Esto genera   adultos que necesiten de ese control externo para saber si están haciendo lo correcto, desconfiando de su criterio y con la necesidad de aprobación de sus jefes, su pareja o sus amigos.
  • Que cuando nos enfadamos, la parte racional del cerebro se desconecta y bloquea nuestro sentido común.Por lo tanto, mejor no hacer ni decir nada bajo este estado y esperar a estar calmados.
  • Que cambiando el modo de decir las cosas y nuestra actitud de superioridad frente al niño, se consigue casi todo de ellos.
  • Que la mala conducta del niño es la punta del iceberg y que por debajo hay necesidades emocionales por cubrir que no están siendo satisfechas. Y si en vez de corregir la conducta, cubrimos la necesidad subyacente, el niño deja de comportarse mal.
  • La neuroeducación ha descubierto que antes de los cinco años hay que estimular a través del juego el hemisferio derecho del niño ( las emociones, la imaginación y la manipulación) para que no se pierdan muchas de las redes neuronales existentes y que hasta los seis, cerebralmente un niño no está preparado para la escolarización; ni siquiera para las fichas, a pesar de que las hagan. También que si no formamos ciertas conexiones neuronales (hábitos con repetición y práctica) no se adquieren.
  • Que existen unos reflejos primitivos con los que nacemos, que si no se integran hasta los seis meses, generan en el niño muchas complicaciones en su día a día y que con terapia motriz y movimiento se corrigen.
  • Que el sueño del bebé es una necesidad humana más y debemos desterrar mitos y conocer técnicas que nos ayuden en este proceso.
  • Que el llanto del niño debe atenderse siempre y que no genera niños más dependientes, sino niños más seguros porque cuando lo han necesitado han contado con apoyo y comprensión.

Y esto es solo una pequeñísima muestra. Así que aprender a educar no es ninguna debilidad, ni tampoco una moda. Es una necesidad.

Hace un siglo también se amputaban piernas, pero la manera de hacerlo hoy en día mejora las condiciones del paciente, antes, durante y después de la operación.

¿Por qué no iba a ocurrir lo mismo con la educación?

Un abrazo, Doris.

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